Patricia Engel, “Fausto”


Patricia Engel, “Fausto” (Puñalada trapera: Rey Naranjo Editores, 2017)

¿Qué es? Paz cuenta la historia de la relación de siete años que tuvo en Miami con Fausto Guerra. Ambos tenían 25 años y un deseo ardiente: el de Paz, por casarse; el de Fausto, por enriquecerse. Un día, en la playa, se acerca un hombre rico del condominio donde trabajaba Fausto como guardia de seguridad. El hombre le propone a Fausto un trabajo, que termina siendo el de mover cantidades de coca de un lugar a otro de la ciudad. Fausto engaña a Paz para que ella conduzca los carros con el dinero. Luego de un tiempo, Paz se da cuenta de lo que están haciendo, pero aun así siguen. Quieren llegar a cien mil dólares. La policía los descubre. Fausto se escapa para Medellín, pero Paz decide quedarse en Miami con su papá, dueño de un restaurante colombiano. Ella le dona el dinero a la iglesia y pasa los siguientes tres años esperando el regreso de Fausto.

¿Qué me gusta? La voz y los personajes. La voz de la narradora es bien lograda. La ingenuidad que comunica es convincente y la forma en la que administra la historia es divertida. Se anticipa a lo que va a suceder, casi sin querer a veces, y llega a puntos en los que simplemente tiene que contarlo todo: “Voy a decirlo ahora para que no haya sorpresas más adelante. El carro de Tadeo estaba lleno de kilos y kilos de cocaína y yo la llevaba de aquí para allá, de los traficantes a los distribuidores, como el maldito UPS” (p. 105). Al final, invita a los lectores a ir al barrio y comprobar que lo que ha dicho es cierto.

Los personajes también son bien logrados. Se sabe que Fausto va a ser fuente de problemas para Paz, y aun así Paz lo quiere. El papá de Paz, Silvio, en su piedad, su conservadurismo y su apego al trabajo, es un buen personaje. A la mamá de Fausto la caracterizan bien cuando aparece. Y, aunque no aparece en ninguna escena, el hermano de Fausto, Tadeo, se hace presente de una manera divertida.

¿Qué no me gusta? La falta de una escena inolvidable. El cuento se desinfló sin víctimas y sin grandes pérdidas. Paz dice haber madurado: “Con la sabiduría que algunos años de más me han dado, ahora les puedo decir que[,] si el amor es ciego, la esperanza y la fe son sus primos sordos y mudos” (p. 108). Aun así, sigue siendo prácticamente la misma niña ingenua de siempre. Nada dio pie para transformarla.

Queda la voz narrativa, pero no una escena, algo memorable. Una versión con acción y algo de sangre podría involucrar el regreso de Fausto a la casa de Paz, donde otros maleantes lo esperan y nada termina bien. Pero también hubiera sido bueno, por lo menos, una visita de Aníbal a la casa de Paz, y una conversación hipertensa con Silvio mientras se toman un café y luego Aníbal recorre la casa al parecer inocentemente, pero en busca del dinero. Una escena así.

Comments

Popular posts from this blog

El nuevo cuento latinoamericano

Reading (and) Fahrenheit 451

Vallejo desde el desbarrancadero