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Showing posts from December, 2008

Vallejo desde el desbarrancadero

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Fernando Vallejo, El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara (2001), 194 pp.



Durante mucho tiempo no había querido leer a Fernando Vallejo. En sus columnas había encontrado una prédica de virilidad y prejuicio, de odio e impulsividad, que me parecía una postura fingida hasta el punto de volvérsele una máscara inescapable. No seguí leyendo sus columnas, y evité sus novelas. Sin embargo, con los años empecé a acumular recomendaciones enfáticas. Uno de los vallejistas, en cuyo criterio confío, me confesó guardar sus copias de las obras de Vallejo junto a la Biblia. En últimas, di el brazo a torcer. El resultado fue que leí El desbarrancadero.

Mi primera impresión fue la risa: ¿cómo no reírse cuando un narrador cascarrabias, ágil con las palabras y acerbo con las ideas, destruye tanto la cabeza del títere como el títere y la tarima? Es una proeza mantener ese tono cáustico durante casi 200 páginas, y el autor lo logra, pero termina por volverse repetitivo y no alcanza a darle a la obra nada seme…

Una defensa muy breve del Ulises

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El Ulises (1922), de Joyce, es una novela excelente, superlativa, chistosa, genial. En realidad me sorprende oír por ahí, por ahí y en general por ahí que el Ulises es un engendro, un bodrio, un endriago ilegible. Y no se trata de rendirle culto a Joyce: la última novela de Joyce, Finnegans Wake, sí es una verdadera tortura salvo que uno la lea como quien escucha una canción en un idioma extranjero, presto a rescatar algunas frases eufónicas y algunos juegos de palabras interesantes. Y eso. (Este, el de Finnegans Wake, es un caso extremo de los hábitos de lectura que en una entrada anterior describí en relación con Pynchon).

Pero el Ulises es otra cosa. Sí, es una obra cuya lectura se enriquece mucho cuando uno tiene un profesor de literatura a la mano, y uno o dos manuales, como el de Stuart Gilbert que por primera vez decodificó en pleno el subtexto mítico de la novela, o como el robusto Ulysses Annotatedde Don Gifford y Robert J. Seidman. Y es que así era la compulsión intelectualiz…

How I became infatuated with Thomas Pynchon's novels

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So here’s my confession: I utterly love Thomas Pynchon’s work. Perhaps my single greatest reading decision of the year was not to give up on Gravity’s Rainbow when I felt that it was going nowhere, that it was pedantic and excessive, and that it had vague and also madly pullulating characters. After about 400 pages of it, I stopped, filed it away, and slandered it for a while, using the coarsest billingsgate on people who would listen. A few months later, I took the novel up again, very reluctantly I admit, and, suddenly, I was infatuated. I not only had to gobble up the whole thing, but also felt compelled to leap on everything else this eccentric and elusive man had written. And thus I have done, intermittently, over this now expiring 2008.

So yes, it was true: Pynchon’s novel was going nowhere. And this wasn’t only the case with Gravity’s Rainbow, but also with the other novels of his I’ve now read. The plots are thin, and they tend to deteriorate in a muddle of quirky descriptions…